domingo, 10 de abril de 2016

EL COÑAC, EL AEROPUERTO Y LA SEÑORA PETRA

A veces iba a ver a la señora Petra y, entre sonrisillas cómplices, me hacía confesiones de la vida y me hablaba de aquella Barcelona romántica de antes de la guerra. Nos sentábamos en su viejo sofá y siempre sacaba algún álbum de fotos, con más años que la Piqué, que aún no me había enseñado. Las paredes del saloncito estaban forradas de libros y sabía que los había leído todos, muchos de ellos varias veces. Había pasado la ochentena y tenía la mente clara como el agua de la montaña en primavera. Disfrutaba mis visitas, siempre lo supe, fui, al menos en aquellos tiempos, una especie de nieto para ella, y sé que los disfrutaba porque a mí me pasaba. Es bastante difícil disimular cuando dos personas, a pesar de sus tiempos y mundos diferentes, están en resonancia. Es aquel estar a gusto con alguien, relajado pero mentalmente activo, como si sonara de fondo una canción que te gusta y se repitiera una y otra vez. Explicaba, escuchaba, preguntaba, debatía, exponía y razonaba, y lo hacía con elegancia y afecto, con clase, enseñándome sin esperar nada a cambio. Me hacía un regalo que tantas y tantas veces he agradecido.
Lo que más recuerdo de nuestras charlas es lo del coñac y el aeropuerto. Me explicaba que, mientras se lo había permitido la salud, se servía un copazo de coñac, se acomodaba en el butacón y abría un libro. Decía que, al abrirlo, parecía como si fuera la pista de aterrizaje, o despegue, de un aeropuerto, y que, junto con la relajación del coñac, dejaba su mente tranquila para viajar, para que su imaginación despegará sin permisos de torres de control. Decía también que el coñac hacía de engrasador de los sistemas móviles del avión: timón y alabeo, y se reía como una ratona sabia y juguetona.
Adoraba, amaba la literatura. Profesaba un amor incondicinal, pasional y verdadero al arte de la imaginación escrita. Se emocionaba diciendo que en esa realidad alternativa ella no tenía noventa y dos y yo no tenía treinta y tres, que teníamos la edad que quisiéramos tener y que éramos lo que quisiéramos ser. Éramos piratas surcando el Caribe en una goleta de dos palos, buscando tesoros. Éramos vikingos llegando por primera vez a América. Éramos judíos en el 43, en Auschwitz, o éramos alemanes en ese mismo Auschwitz. Éramos personajes de una distopía ansiando la libertad individual, o de una utopía repudiando el oro y las joyas. Éramos dioses de un Olimpo particular...Éramos libres.
¿Qué fue de la señora Petra? Murió una tarde de otoño. Estaba en su butacón, parecía que dormía plácidamente y una sonrisa satisfecha se mostraba a la eternidad. Tenía sobre su regazo, abierto, un aeropuerto: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y una copa, copazo, de coñac a medio llenar en la mesita. Sé que esta enorme Doña Quijota consiguió, de alguna rebuscada e ingeniosa manera, burlar, en la misma Barcelona, al Caballero de la Blanca Luna para no tener que dejar nunca de ser una encantadora loca perseguidora de sueños, intangibles para los corrientes, pero extraordinarios para los Sancho Panza...


No te olvido, amiga. Mantengo mi promesa y te mando este abrazo en una botella allá donde quiera que estés.

 

jueves, 25 de febrero de 2016

VAGÓN ESPERANZA

Al sentarme llama mi atención un niño pequeño que tengo enfrente. Debe tener unos cinco años. Va acompañado por una chica con acento brasileño que da la sensación de ser su niñera. Juegan a algo con las manos y lo trata con cariño. Tiene los ojos achinados y el pelo lacio. Prácticamente no articula palabra, sólo ruidos, pero se comunica bien con gestos y manos. Presenta los rasgos típicos de la trisomía del par 21 o síndrome de Down.

Llegamos a la siguiente estación y entra un grupo de niñas que vienen del cole. Deben tener alrededor de siete años y van acompañadas de una mujer que parece la madre de una de ellas. Son cinco niñas graciosas y curiosas, van hablando entre ellas y riendo. El niño se las queda mirando y ellas lo advierten y hacen lo mismo. Se quedan callados y mirándose niño y niñas durante un rato. Entonces el niño extiende su manita de niño y se la ofrece a la niña que está más cerca. Las cinco niñas sonríen a la vez, como todos los adultos que contemplamos la escena, y una tras otra van estrechándole la mano. Una de ellas dice, y parece salirle de su alma de niña,”¡Qué mono!”.
El asiento de al lado del niño se queda libre y le hace un gesto a una de las niñas: Da unos golpecitos con la mano, indicándole que se siente a su lado, y luego junta sus pequeñas palmas de niño delante de su boca, pidiéndoselo por favor. La niña lo entiende al instante y se sienta; las otras se acercan y se quedan delante de ellos. El niño se gira hacia la chica con acento brasileño y empieza a jugar a lo que jugaban antes, pero se va girando y sonriendo a las niñas, que no pierden detalle. Deja de jugar con la chica, se gira hacia ellas y empieza a jugar con la niña que está sentada a su lado. Repiten los movimientos sin fallo alguno. Niñas y niño ríen. Todo el vagón sonríe.

A alguno de los espectadores de la escena, me incluyo, nos cuesta reprimir la emoción. Se ponen los ojos vidriosos, pero no por pena. Nadie tiene que explicar la escena, no hacen falta pensadores, ni teorizadores ni mamarrachos varios. Está ahí, delante nuestro: Unos niños se han encontrado, han estudiado sus diferencias, las han aceptado, se han entendido comunicándose y ahora juegan y ríen. Sin reproches, sin superioridades, envidias ni vanidades. Sólo ríen y juegan.

Llega mi parada y me bajo mientras miro como siguen jugando al curioso juego de manos. Las puertas del vagón se cierran y el silencio de estación calla las risas de niño. Me quedo mirando cómo desaparece por el túnel la cola del metro que lleva el vagón de la esperanza y pienso que me gustaría mucho volver a cruzarme con ese niño...Más o menos en unos treinta años.



domingo, 14 de febrero de 2016

CRÓNICA CHARLADA DE UNA PIERNA QUEBRADA

Hay tardes en el invierno suave de Barcelona ideales para tomarse una cerveza. Sobre todo cuando un par de días antes ha llovido y soplado el viento, porque deja ese ambiente limpio que hasta gusta respirar o, mejor, inspirar con fuerza.
Estoy ya un poco bastante hasta los cojones de las putas muletas. Cualquier paseo corto se convierte en una odisea, pero la imagen en mi cabeza de una terracita de bar de barrio con una gran amiga, dos cervecitas fresquitas y el despliegue del arte de saber escucharnos, hace que, aun refunfuñando para mí mismo y jurando en arameo por el sobresfuerzo, tenga ganas de llegar aunque sea a golpe de bastón inglés.
-¡Hola, loca!
-¡Hola perraco!
Mua, mua y abrazote osuno.
-Vaya tela -me dice poniendo cara de circunstancias.
-Ya, tía, cosas que pasan. Ces´t la vie. Aunque ya sabes lo que dice nuestra orden: Si te caes y no te levantas tú solo, acabarás restregándote en la mierda...¡Con lo mal que huele!
-¡jajaja! Sí, ¡jodidos votos!
-¿Has pedido ya?
-No, te esperaba. Está currando Juan.
Veo a Juan abriendo una sombrilla.
-¡JUAN, DOS BIRRAS Y ESPABILANDO, QUE NO TENEMOS TODO EL DÍA! ¡Y EN ESTE BAR DE MIERDA HUELE A HUMEDAD, LLEGA EL TUFO HASTA AQUÍ FUERA!!
-¡Hombre, dichosos los ojos! Espera, que me los froto para dar crédito de lo que ven. ¡Pero si tenemos aquí a Barba Roja pata-palo y la bella Casiopea!!
-¡Jajajaja! Y mira, acabamos en un tugurio de mierda. Venga, no te cortes, ese abrazo, ¡bandido!
Juan abraza con fuerza.
-¡Vale ya, coño, que no me voy a liar contigo por fuerte que estrujes, tío moñas!
-Sigues siendo un amor. Y tú, loca, juntándote con éste no aprenderás nada bueno. Pero eso ya lo sabes bien, y, además, con el tiempo que lleva encerrado me compadezco de ti por cómo te va a poner la cabeza. Ahora os traigo las birras. Me alegro mucho de veros, chalaos.
-Oye, Juan, ábrete un quinto para ti detrás de la barra cuando nos traigas las birras.
-Venga, a tu salud.
Al brindar ella y yo, dirijimos la vista hacia dentro del bar y levantamos las cervezas. Juan hace lo propio mientras mira, desde la barra, dos sonrisas amigas y sinceras.
-Bueno, lobo solitario, hace un día estupendo, tenemos tiempo y ésta es sólo la primera birra. Además, la madre de Juan ha hecho hoy tortillón de berenjenas. Va, explícame la historia de esa pierna rota.
-¿Tortillón de berejenas de la señora Adelaida? ¡Óle! Eso son palabras mayores.
-Somos de barrio, guapo. Lo mejor siempre está en lugares sencillos.
Sonrisa cómplice...Tantas veces repetida. Más razón que un Santo. Amén, amiga.
-Pues la tortilla se dio la vuelta en plenas fiestas navideñas. Iba camino del trabajo con la moto una tarde de Domingo y había mucha humedad. Ya sabes cómo se ponen las calles en Barna los días de humedad, que parece que ha llovido y es sólo el suelo sudando. Iba despacio, pisé un paso de cebra, de esos que parece que pintan con pintura de espejo y que habría que encontrar al fiera que se le ocurrió usar ese tipo de esmalte para señalización de calzadas y colgarlo de los huevos en alguna farola de autopista para que se hiciera justicia y que todos lo vieran: ¡Mira, el hijoputa homicida de la pintura de pasos de cebra y señalizaciones-trampa varias!
-Jajajjaja. ¡Qué salvaje eres!
-Sí, salvaje, pero a mí no se me ocurre semejante cafrada. No podría dormir por las noches pensando que mi estupidez va a lesionar, cuando no matar, a gente sin culpa. El tema es que me rompí la pierna y ahí empezó el periplo de mi agonía psicológica. Es el infierno, tía. ¡Ni mear de pie puede uno! Y hay gente que te dice: Pues mea sentado. ¿Mear sentado? ¡Por dios! ¡Mea sentado tú, so omega, que yo no sé!
-Con lo abierta que tienes la mente para unas cosas y lo obtuso que eres para otras...¡Ay Dios! (riéndose a carcajadas)
-Es mi instinto débil masculino, tía. La esencia de la identidad propia metaforeándose en un váter.
-Por supuesto. ¿Qué otra cosa si no?
Juan nos trae otro par de birras y una tapita de tortilla de berenjenas de la señora Adelaida, cortada a cuadraditos con unas rebanas de barra de pa amb tomaquet con aceitito...Virgen extra, que en Casa Juan hay tanta humildad como calidad. Pobres, pero honraos.
-En realidad es duro o, más que duro, frustrante. Cuando siempre has sido autosuficiente e independiente, al menos después de ser niño, es jodido perder la movilidad. Si eres persona activa, te sientes como un rottweiler enjaulado en época de celo. Rabias. No sabes qué hacer. Doce libros me he leído en seis semanas, que hasta me duele la cabeza a ratos de mezclar personajes e historias, y sabes que me apasiona leer, pero acabas hastiando todo. Y eso sabiendo que te vas a recuperar, que es sólo temporal. Una idea te lleva a otra y otra te lleva a otros pensamientos. A pensamientos como preguntarte: ¿y los que no se recuperarán pronto o nunca lo harán? ¿Esa gente qué? Ayer eran “normales”, hoy son tullidos de por vida...Y mañana puedo ser yo el que no tenga tanta suerte, o tú, o él, puedo caerme mucho peor, partirme la crisma y acabar sólo pudiendo mover la cabeza, que, si lo piensas, es más fácil que pueda pasar que que no suceda nunca.
-¡Joder, qué buen rollito das cuando quieres, cabrón! Ya sabía yo que todo no iban a ser risas y proyecciones positivas.
-Las proyecciones positivas son muy relativas; a veces un rollo y casi siempre mentira.
-Sí, justo así, como el tiempo.
-Como el tiempo, ¡exacto! Yo no sería capaz, ni en mil vidas, de haberlo comparado mejor, querida amiga.
Risas. Y la quinta birra por cabeza aterriza en la mesa de manos de Juan, que nos guiña el ojo, junto a una tapa generosa de morros.
-¿Y no has hecho uno de tus estudios de campo?
Sonrío con la cara de cabrón de no poder engañar a quien bien te conoce.
-¡Lo sabía! Con la libretilla de las notas, ¿no? -carcajada en mi cara- ¡Es que eres un puto psicópata de las teorías! A ver ese estudio de campo, cuenta, cuenta...
-Bueno, pues cuando pude apoyar el pie y recuperar cierta, pero limitada, movilidad decidí aventurarme en el metro. Quería experimentar sobre todo dos cosas: cómo se comporta la sociedad con un tullido y cuánto de fácil o difícil es para ese tullido moverse solo por la gran y civilizada urbe contemporánea.Tanto una como la otra, una mierda gorda. Me puse la mochila, cogí mis muletillas y, sin prisas, descendí al inframundo urbano. Tres veces me vi en la situación de entrar en un vagón lleno y las tres veces fueron “panchitos”, esos que vienen a robar el trabajo y comportarse como si vivieran en la selva, los ÚNICOS que me cedieron su asiento. Y no cedérmelo sólo, sino, además, hacerlo entre mil sonrisas afectivas y casi agradeciéndome el que estuviera impedido para poderme ayudar desinteresadamente...¡Qué gente más salvaje!, no como los autóctonos que no te ven, o no te quieren mirar porque sentadito se va muy a gustito. En otra estación, un viejo se puso a blasfemar contra el grupo de personas(personas por llamarlos de alguna manera), curiosamente todos autóctonos, que esperaban el ascensor que te lleva del andén al vestíbulo. Les llamaba la atención por no dejarme pasar primero. Le dije que no se preocupara, que no tenía prisa. Los dos nos quedamos solos esperando el próximo ascensor y charlando. Tenía setenta años que no lo parecía, y le asqueaba la humanidad por comportamientos como aquellos. Me dijo que se se llamaba Julián y Julián me cayo bien, creo que yo a él también. Conversaciones de cinco minutos que gracias a la libretilla de notas me costará olvidar.
-Libretilla de notas que quitas el pecado del mundo, ¿quién te heredará?
-Cabrona irónica que te burlas hasta de tu sombra, ¿por qué no se te puede odiar?
Ojos en blanco. Pestañeo burlón. Risas...
-¿Y no hubo experiencia positiva?
-Sí, una, cuando iba analizando la otra cuestión, la de la movilidad que ofrecen las infraestructuras suburbanas barcelonesas. Tenía que hacer el transbordo de Maragall, de la línea azul a la amarilla. ¡Vaya mierda de transbordo! Una estación que para empezar parece de la Segunda Guerra Mundial en el 45 en Berlín, oscura, llena de escaleras, hasta para superar una viga gorda, porque se ve, hay cuatro escalones que bajan y, cinco metros después, cuatro que suben. Una aberración para la movilidad fruto de algún ingeniero o arquitecto o lo que sea el lerdo que diseña ese tipo de parches cutres. A medio transbordo habían dos jipis barbudos tocando Sultans of swing de Dire Straits. Al verme llegar muleteando con paso lento, acelereraron el ritmo. Al llegar les eché una moneda y nos sonreímos, sin intercambiar palabra, pero entendiéndonos. Mientras me alejaba, ajustaron la canción a mi ritmo. Fue guay, tía, me moló.
-Sé que te moló. Y sé que te moló más que si te hubiera tocado la lotería.
-¿Para qué queremos elementos como nosotros que nos toque la lotería, loca?
-¿Para sufrir la desgracia de dejar de saber ser?
-Jejejej. Sí, justo para eso. Lo dicho: no se te puede odiar aunque uno quiera.
-Es que soy un amor y lo sabes -me saca la lengua. ¿Un pulpo a la gallega?
-Venga, ¡dale!
El pulpo llega con una botellita de turbio gentileza de la señora Adelaida. Dice que el pulpo o se riega bien o no se come. La tarde cae y la señora Adelaida y Juan ya se van para casa. El sobrino de Juan es quien se queda en el bar las últimas horas y cierra. Conseguimos que Juan se quede un rato con nosotros y el turbio ,y que la señora Adelaida haga un brindis a cuatro antes de recogerse.
-Bueno, ¿y de qué habáis, tunantes? -pregunta Juan.
-¿Hablamos? Yo sólo como, bebo y escucho. ¿Es que no lo conoces? Sólo habla él.
Juan se ríe, me mira y le dice:
-¿Es que no lo conoces tú? Es cansino por naturaleza.
-¡Perros judíos! El día que os estéis ahogando, os pisaré la cabeza.
-¡Claro, claro! El día que nos estemos ahogando, si estás a un kilómetro, harás el record mundial sólo por salvarnos, ¡chulito de mierda! Y lo sabes. (qué jodidamente encantadora es cuando se pone vacilona)
-Es verdad, para qué nos vamos a engañar. Pero tú no te lo creas mucho por si acaso, bonita de cara. Que a lo mejor se me queda la pierna tullida y con toda la buena voluntad nos ahogamos los tres.
Me vuelve a sacar la lengua pero sus ojos la delatan. Es imposible, en esta vida y en otras mil, poder ni siquiera disimular ese cariño de fragua que nos tenemos.
-Bueno, ¿que de qué hablabais? -repite Juan.
-De la condición humana.
Ella suelta otra carcajada.
-Ya te digo que parece que no lo conozcas. El expone su particularmente enferma visión del mundo y tiempo que nos ha tocado vivir y los demás lo escuchamos y nos reímos.
-¡Qué perra mala y sarnosa eres!
Juan se ríe:
Al menos habré llegado a tiempo para la conclusión o reflexión, ¿no?
-Sí, a eso sí. Creo que el master and commander estaba a punto de hacerla. ¡Ah! Y dile a tu madre que este pulpo está de muerte.
-Es una crack la abuela, ¿eh?
-¡Muuuuy crack! Santa señora Adelaida que conoce las recetas de los manjares del mundo...
-Master and commander no, perdona, verbo bonito, pero corsario sin patente de corso me pega más.
-Sin patente de corso, pero con pata de palo -dice Juan.
-Venga, va, termina la historia quebrada, no me dejes como a tus amigas, a medias.
-¿Mis amigas?, ¿a medias, guapa?...
-¡Venga, va, no le repliques, picajoso de los cojones! Concluye. -sentencia Juan.
-Bueno, la reflexión/conclusión de la experiencia está en el gimnasio de los tullidos. El gimnasio de los tullidos es como llamo al gimnasio de recuperación de la mutua. Una sala parecida a un gimnasio convencional, pero lleno de máquinas más dignas de frankesteins que de personas, y en vez de deportistas hay tullidos. Algunos intentan recuperar la normalidad y otros, construirse una nueva. El otro día vi entrar a un chico, más o menos de mi edad, en silla de ruedas. Le habían amputado una pierna a la altura de la rodilla por un accidente de moto. No se le veía ni una pizca de amargamiento. Entrenaba con intensidad y se movía con soltura. No pedía nada a nadie y se veía en su cara, en todo él, que su vida no había terminado, que sólo había cambiado, ni a mejor ni a peor, a otra cosa, a algo diferente. Me lo quedé mirando entrenar...Y qué gusto dar ver a alguien que no se rinde, que no entiende esa palabra. Sabes que seguirías a ese tío sin una pierna, sin dos o aunque le hubieran amputado todas las extremidades. La fuerza de voluntad y de convicción no necesita brazos ni piernas, necesita ganas, sólo eso. Y sabes que a una persona como ésa, a un portento bestial de la naturaleza como ése, lo seguirías a cualquier sitio porque a cualquier sitio que te llevara sería bueno. Sientes el respeto y la admiración por alguien de una manera tan intensa y sincera que al principio hasta duele, pero mola. En el fondo llena el alma. Es, de alguna manera, una cura de humildad. Te das cuenta de lo mucho que tú, mucho más que él, necesitas a otros para cosas normales como hacerte algo de comer y poder llevarlo a una mesa. Agradeces hasta que te abran una puerta, y no todo el mundo lo hace...No todo el mundo lo hacemos cuando estamos bien, que parece que se nos vuelve invisible todo lo que nos rodea y no nos interesa si requiere el más mínimo esfuerzo, y no digamos empatía. Tomas conciencia, quieras o no, de lo mucho que tenemos cuando estamos bien de salud, cuando tenemos simplemente lo normal, lo habitual, lo que nos viene de serie. Y que con sólo eso, con lo básico, puedes llegar a ser todo lo que quieras o se te ocurra. Sólo hace falta lo que tiene el tío del gimnasio de los tullidos, ganas.
La noche cae en nuestro querido barrio barcelonés, refugio de la orden del haz lo que te salga de los huevos sin molestar a los demás. Nos despedimos de Juan y ella y yo caminamos juntos un par de calles, hasta el merdado. En la esquina nos separamos y otro abrazo osuno llena la calle.
Dos calles más me faltan para llegar a casa, a paso muletero diez minutos. Son las once y mientras camino concentrado mirando al suelo para ver por dónde piso, voy pensando que en un par de semanas ya no necesitaré muletas, pero estoy seguro de que nunca podré dejar de necesitar verme a mí mismo en los demás, por duro que sea, y compartirlo con los míos, con los que creo que me comprenden de alguna manera. ¿Cómo si no se puede intentar entender el mundo que te rodea?

martes, 2 de junio de 2015

LÁPICES DE COLORES

En el cole tenía una cara tonto que no podía con ella y ahora, míralo, se ha convertido en un rompebragas de la hostia. Y no me explico cómo lo hace, tío, porque ahora cara de tonto, tonto no tiene, pero tampoco le da para anunciar enciclopedias, y guapo no es. Ni alto ni cachas, ya lo sabes tú, es un tirillas.

Pues resulta que el otro día fue a un concierto, según contaba en el bar, y tuvo que ir solo porque decía que nadie del barrio lo quería acompañar, y lo que pasa es que a nadie le gusta la mierda música esa que escucha, que sigue con sus mismas mierdas y cosas raras de siempre, sigue hasta con los cromos aquellos raros de bichos que le molaban, ¿te acuerdas? Pues igual. Pues iba para el concierto en el metro y se ve que se le sentó una tía al lado y que le empezó a rozar la pierna. La miró por el rabillo del ojo y debía tener unos 40 años, era rubia y estaba muy follable. Y debe ser verdad porque mentiroso no es ni lo ha sido nunca, las cosas como son. Le dijo a la rubia que era un vendedor de seguros y que si le interesaría que le explicara las cosas esas que explican los vendedores de seguros. Ya ves tú los seguros que ha vendido él en su vida. Sale siempre con lo primero que se le ocurre y lo lleva hasta el final sea cual sea. Eso hay que reconocérselo también o hasta casi te diría que admirárselo. La rubia le dijo que iba para su casa porque venía de trabajar, dice que empezó a sonreírle y a tocarse el pelo y que eso no falla nunca, y que enseguida vio que quería bacalao y yo qué sé qué más, todas esas cosas que se le ocurren cuando explica historias, ya sabes cómo se pone to loco de los nervios y da esos saltitos ridículos que hace sin darse cuenta. Pues la rubia le contó que estaba separada y vivía sola, y que si quería, podían ir a su casa para que le explicara lo de los seguros más cómodos, y que en la próxima parada ya se bajaba. ¿Adivina quién fue al concierto? Jajaja. Eso también lo tiene, le gusta más el matute que todas sus mierdas de cromos de bichos y cosas de friki juntas. Decía que iban charlando guay y todo era normal, pero que cuando entran al piso hay un negro gordo en calzoncillos viendo la tele y tomándose una birra. ¡Hostia tú, es que esas cosas sólo le pasan a él! Se acojonó, normal, con lo esmirriao que es lo primero que debió pensar fue: el negro éste me coge en una habitación de éstas y me deja el culo como la paella de Villarriba. Se ve que el negro era el padre de la rubia, que era adoptada, y el hombre estaba pasando unos días con ella en la ciudad y luego volvía al pueblo a cuidar sus tierras. Suena raro, pero hay negros que tienen tierras. También tienen derecho, ¿no?

La rubia le dió 20€ para que se fuera al bar, se supone que a hincharse a cerveza porque cogió los 20€ y se iba en calzoncillos. Cuando llegaron no era la primera birra que se había bebido, eso está claro. La rubia le sacó un chándal rollo venezolano, de aquellos de yonqui de los 80, ¿te acuerdas de aquellos chandals?, ¿aquellos que hacían juego con las riñoneras? Pues de ésos. Imagina a un negro borracho metido en un chándal fucsia fosforito. Jajaja y si escucharas cómo lo explicaba él, te partes el ojete. Imagínatelo allí, en medio de todo el percal cuando sólo iba a un concierto. Pues el negro desapareció y no se volvió a saber de él. Nada más cerrar la puerta el negro, la rubia lo cogió de la mano y lo llevó al lavabo, le saco el rabo y empezó a lavárselo con jabón de manos. Se ve que lo hacía como el que limpia las gafas, con morbo cero. Lo vio raro, pero, al menos ya tenía la polla fuera y se la estaban tocando, decía. La rubia se la volvió a guardar y le preguntó si quería cenar, que iba a hacer una tortilla de patatas y que si él era de los de con cebolla o de los de sin cebolla. ¿Pero qué coño me está preguntando esta mujer de la cebolla?, si yo lo que quiero es follar, me cago en mi puta vida...

Se tuvo que comer la tortilla y encima con cebolla. ¿Te imaginas? ¡Qué asco por Dios con cebolla! Jajaja. Pues terminaron la tortilla y la rubia le dijo: Ven, acércate, guapo. Se acercó a ella, le desabrochó y bajó los pantalones hasta los tobillos y se la metió en la boca. Decía: Y sin lavarse los dientes, ¡me cagüendios!, que notaba hasta los tropezones en el capullo y encima me la estaba dejando apestada a cebolla. Pero la chupaba de vicio, eso sí lo tenía, sabía lo que hacía.
Le empieza a tocar las tetas y se ve que eran duras, que eran de silicona. Sigue bajando y le empieza a meter la mano por debajo de la falda y, ¿adivina lo que encuentra? Sí, una pitón buscando cueva. Jajajajaja. Ahí los saltitos que daba explicándolo ya se le iban tres pueblos. Decía que empezó a gritarle: ¡Quita, bicho!, pero que la rubia la tenía metida hasta la campanilla y se abrazaba fuerte, agarrándolo bien del culo para que no se pudiera soltar. Él le cogía la cabeza y hacía fuerza hacia atrás, pero era inútil, la rubia se había aferrado bien y él sólo hacía que girar la cabeza desesperado por si aparecía el negro a traición y le ponía el ojete en carne viva. La rubia decía: Cójgete en mig bojca, gjuapetón, quiejgo colajgeno. Al final le dio una hostia y se pudo liberar. La rubia se puso de pie, se levantó la falda y le enseñó una percha como el antebrazo de un vikingo mientras le decía: ¿No quieres probar a mami, bombón? Te gustará. Salió corriendo de allí mientras se subía los pantalones, que de poco se mata por las escaleras, y llegó al barrio con un color de cara que los que lo vieron creyeron que se había hecho gótico o emo o alguna cosa de esas de gente que no le gusta trabajar. Salió escaldao, pero se le pasó al día y medio, ya lo conoces. Después nos lo contó en el bar con unas birras y nos echamos unas risas. Dijo que le gustaría que hubieses estado porque a ti te gustaban sus historias más que a nosotros.

Él vendrá la semana que viene, ésta me tocaba a mí. Te traerá el lápiz rojo, el que te gustaba usar en Abril. Te dejo aquí el verde, que no me olvido que es el que te gustaba para acabar Mayo. En el fondo él y tú siempre habéis compartido rarezas...Encantadoras rarezas. Y no te preocupes, ha asumido tu legado, le enseñaste bien, cuida bien de nosotros. Ahora él es el blanco, como tú decías, la suma de todos los colores...Como tú.

Te echo mucho de menos amigo...



Y llorando a lagrima viva desde el fondo de su alma, como un niño, salió del cementerio.