sábado, 16 de marzo de 2013

MI HERENCIA

Mi padre y yo nunca hemos sido muy amigos, y amigos sin el muy, tampoco. De hecho, si no fuéramos padre e hijo seríamos grandes enemigos.
Mi padre es uno de esos personajes que no va regalando cariño, al menos cariño como lo entiende la mayoría de la gente, eso de dar mimos y halagos no le sale. Es..., cómo diríamos... Espartano. El de 300 no le vacilaría mucho.
Yo he sido siempre un poco más de Atenas, sobre todo cuando se definió más mi personalidad, porque de pequeño y bajo su bastón de poder era yo un pequeño espartanito cabronazo también.
 Mi parecido físico con él es enorme y, en el fondo, muchos trazos de nuestros caracteres también lo son. Compartimos hasta el nombre.
Como decía no es mi amigo, para mí es un cabronazo y sé que yo para él también lo soy. Alguno pensará que es una falta de respeto llamar a tu padre cabronazo. Pues no lo es. Sería una falta de respeto o una puta hipocresía el no llamar a las cosas por su nombre, que es algo que él también me enseñó entre tantas muchas otras cosas.
Le tengo tanto respeto y aprecio como él a mí, que es mucho, y lo sabemos, pero a nuestra manera. Los que hacen las cosas como dicen los demás o como está establecido son sólo unos mediocres infelices carentes de cualquier atisbo de pasión... O unos mierdas, como diría él espartanamente.
Es un cabronazo, sí, pero es el mejor cabronazo que hubiera podido tener para entrenarme en esta cosa rara que llamamos vida. Nadie podría haberme enseñado mejor que él a controlar a la bestia, por una sencilla razón: él lleva más tiempo domando a la misma bestia y supo, nada más verme en el paritorio, que yo también nací con ella.
Antes era yo el niño y él era el hombre; ahora yo soy el hombre y él es el hombre anciano (no os imaginéis un vejete porque no lo es) y el gesto más grande que se me ocurre hacer, ya que es mi voluntad y respeto los que hablan, es agradecerle lo que soy, porque no seré mucho, pero sé lo que soy y quién soy.

Muchas Gracias Caballero Cabronazo por la mejor herencia a la que se puede aspirar.

Mi padre me dejó una herencia, una herencia de las de verdad, no como esas mierdas que sólo dejan dinero y propiedades, una herencia que me permitirá sobrevivir sin la protección ni la limosna de nadie.
Mi padre me enseñó a trabajar con las manos, me enseñó a pensar por mí mismo y, lo más importante, me enseñó a no tener miedo a nada ni a nadie. Y mi herencia no la cambio por nada. No está en venta.



2 comentarios:

roberto zuloaga dijo...

el mío fue un maltratador físico, emocional y moral..Una especie de bestia que si viviera a día de hoy y las circunstancias fueran las de hoy no hubiera podido como hizo privarme de la adolescencia la infancia y marcar mi juventud..Murio y fuí sencillamente a comprobar quedaba enterrado boca abajo y bien puesta la lapida de piedra..pa que no se levante nunca más!!

No tengo ningún buen recuerdo suyo es más creo que nunca tuve nada bueno suyo

Me gusta tu padre!!..Un abrazo

Anónimo dijo...

Me gusta tu padre y también el hijo que ha educado.Me hubiese gustado verle la cara cuando haya leído lo que le has escrito. Estará muy orgulloso de tí, tanto como tú lo estás de él. Felicidades a los dos.
El Buho Perico.... Marta para los amigos.