jueves, 12 de diciembre de 2013

EL NIÑO HOMBRE

Ésta es la historia de un niño que se hizo hombre antes de tiempo. Aunque pensándolo bien, todo niño se hace hombre justo cuando se tienen que hacer, ni antes ni después, exactamente en el momento que tiene que ser. O, a veces, no ser.

Raúl Orellana, que así se llama el niño protagonista de esta historia, contaba con nueve años en el momento de los hechos. Era un niño grande y fuerte para tener menos de diez años. Nunca había sido tímido y desde muy temprano se le había despertado un fuerte instinto de protección hacia los más débiles que él. Siempre defendía a los niños pequeños de los mayores y más desconsiderados, ya que a él no le tosían ni los de trece años porque no se acobardaba y nunca mostraba miedo, no sabía hacerlo. Si había que acabar a guantazos, se acababa a guantazos. La defensa de cuestiones que considerara injustas siempre había sido un valor importante para él, para su forma de ser.

En la mañana del 23 de Abril, Raúl Orellana, salió hacia el colegio como todas las mañanas. Al girar en la esquina de la calle Serafín Quintal, justo en la entrada del metro, nos cruzamos y cruzamos nuestras miradas. Una de esas miradas que sólo dura un segundo pero que por alguna extraña razón recuerdas, te fijas en ella. Y aún no podíamos imaginar lo que estaba a punto de acontecer.
Una vez en el andén me sumí en la lectura del libro que estaba a punto de terminar, Puente Hacia el Infinito de Richard Bach. De repente unos gritos me sobresaltaron, el andén estaba lleno de gente a primera hora de la mañana, me fijé y vi que un anciano y un niño de poco más de dos años habían caído a las vías. El anciano se había fracturado la cadera y algunas costillas, como luego me enteré, y no se podía mover. Sus gritos de dolor eran aterradores y, lo peor, la entrada a la estación del metro que venía por la vía donde habían caído estaba a punto de llegar. Se veían las luces amenazantes al fondo del túnel y la estación completa enmudeció, quedó paralizada por el pánico, como cuando le echas las largas a una liebre. Es muy inquietante presenciar un lugar lleno de gente que se queda completamente muda y aterrorizada. Sólo se oían los quejidos desgarradores del anciano y el llanto del niñito que se abrazaba a su abuelo sin ser consciente del trágico final que se aproximaba a toda velocidad. La estampa era Dantesca.

Lo que pasó a continuación está algo difuso en mi memoria, fue un momento que cambió mi vida. Es curioso cómo la mente distorsiona la realidad y cómo afianza las cosas realmente importantes en un simple instante, porque todo sucede tan rápido que no llega ni para llamarlo momento, bloquea el pensar, el razonar, para permitirte sólo actuar.

Como si todo fuera a cámara lenta vi una figura moverse a velocidad normal en el andén de enfrente, entre todos los paralíticos momentáneos, se deshizo de la mochila que llevaba a la espalda y, sin dudarlo un instante, saltó a las vías. Al principio no lo reconocí pero ese gesto tiró de mí como si fuera un potente imán y yo fuera todo de metal. En menos de un suspiro estábamos el chico y yo en las vías junto al abuelo y su nietecito. Volvimos a cruzar una de esas miradas profundas que duran incluso menos de un segundo y supimos con exactitud qué teníamos que hacer a pesar de estar pasando todo a la velocidad del rayo. Él cogió al niñito y yo levanté y cargué al anciano y saltamos a la vía paralela segundos antes de que el tren nos arrollara a los cuatro. Algunas personas del andén que habían conseguido vencer su parálisis momentánea nos ayudaron a subir con cierta urgencia porque ya se veía aparecer el otro metro que llegaba por la única vía y espacio que quedaba libre.
Una vez de vuelta en el andén y fuera de peligro, pero con la adrenalina por las nubes, nos volvimos a mirar por tercera vez en menos de un cuarto de hora. Esa mirada fue toda una conversación, sabía exactamente qué estaba pensando y él lo que estaba pensando yo. Nos acabábamos de exponer a una muerte segura pero sabíamos que si no hubiéramos hecho nada por ayudar a aquellas dos personas hubiéramos muerto en vida mucho más agriamente que siendo arrollados por el tren. Me arrodillé para compartir estatura y, sobre todo, mostrar respeto y nos fundimos en el abrazo más puro y sincero que dos seres humanos se han dado alguna vez, y lloramos...Lloramos mucho, profunda pero no amargamente, sino todo lo contrario. La estación volvió a enmudecer pero esta vez no era por horror o pánico, era por otra cosa.

Han pasado cuatro años y ahora Raúl Orellana es mi mejor amigo, mi igual. A pesar de tener edades y vidas diferentes nos vemos a menudo. Tenemos un lugar común que nos apasiona a los dos por igual y allí no existen diferencias. Nos solemos encontrar, sin quedar, en la biblioteca. Siempre anda indagando sobre algún tema que quiere comprender plenamente y le echo una mano como él hizo conmigo. Es al único hombre de este mundo al que confiaría ciegamente mi vida. Al Niño Hombre. A mi Héroe.

También son amigos nuestros Fermín, de setenta y cuatro años, y Dani, de casi siete. Sí, son el anciano y el niño del metro. Creamos, cómo lo diría... Una especie de vínculo o algo así. Somos como una banda. Una buena banda, con instrumentos y caracteres distintos, formada por un anciano, un niño y dos hombres. Uno normal, el otro enorme a pesar de haber nacido hace tan sólo trece años.

Mi respeto y agradecimiento Señor Raúl Orellana por enseñarnos que nadar a contracorriente no quiere decir, necesariamente, hacerlo en la dirección equivocada.











1 comentarios:

ESTHER GONZALEZ GONZALEZ dijo...

Guauuu!!!! Se me ponen los pelos de punta al leer tu escrito.
Sin duda ai yo hubiera sido la ancian@ te estaría enormemente agradecida.
No cambies nunca: un abrazo!!